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miércoles, 27 de julio de 2011

NOCHES DE ÓPERA.


NOCHES DE ÓPERA

VLADIMIRO RIVAS ITURRALDE

MOZART ESTUVO EN CUERNAVACA

Cuernavaca puede preciarse ahora de un nuevo imán para sus residentes y visitantes: una Compañía Estatal de Ópera. La organizó, con grandes esfuerzos y sacrificios, ese hombre culto y gran barítono que es Jesús Suaste, quien empezó dando clases de canto y formando un taller de ópera. En un periodo de un año y tres meses ha presentado, en su sede, el Teatro Ocampo, cinco óperas: Elíxir de amor, Carmen, La Traviata, Madama Butterfly y Las bodas de Fígaro, que han agotado, en tres funciones, todas sus localidades. Presentarlas supone dar trabajo a los músicos, difundir la ópera en medios donde se la conoce poco, formar un público local y atraer al de otros lugares -particularmente del D.F., que, ante la escasez de espectáculos de esta índole en su propia ciudad, realizan con gusto una peregrinación a la vecina ciudad del sur-. Se nos ha informado que se planea conformar un Patronato para asegurar la permanencia de la Compañía.

El 15, 17 y 19 de julio, la Compañía puso en escena Las bodas de Fígaro, una de las grandes óperas bufas de Mozart, estrenada en Viena el 1º. de mayo de 1786, y que es, no sólo una delicada y pícara puesta en escena de la lucha de clases entre los amos y los sirvientes en los albores de la revolución francesa -una historia que demuestra que la revolución pasa también por la cama-, sino una de los formas de la felicidad. “Mozart estuvo aquí”, fue mi conclusión luego de verla y disfrutarla. Es, a pesar de los modestos medios escenográficos de los primeros actos, el mejor Fígaro que he visto en México. Un Fígaro tradicional, ortodoxo, que apela al desempeño musical y actoral de sus cantantes y a la musicalidad de la orquesta y no a vanidosas propuestas escénicas que sólo desvían la atención de lo que Mozart y Da Ponte están contando. Aquí conviven armoniosamente la frescura y la maestría, el goce actoral-escénico y el rigor musical, la inocencia y la experiencia. Los actores cantantes lo pasan bomba y divierten al público.

El elenco es bastante uniforme en su desempeño. El bajo Rosendo Flores hizo un Fígaro ágil, gracioso, chispeante, con voz y canto robustos. La joven soprano Elisa Ávalos fue una revelación como Susana, la mucama: sin volumen vocal y actoralmente inhibida al principio, fue soltándose y creciendo a lo largo de la obra hasta coronarla de modo perfecto con la bellísima aria del jardín. Terminada su aria, los duendes apagaron por un momento las luces de la sala como diciendo “después de esto, nada más”. La soprano Verónica Murúa hizo una digna condesa, con algunos problemas de respiración y afinación en sus dos difíciles arias. El papel del conde le queda a Jesús Suaste como anillo al dedo y lo recreó con solemnidad, gracia y elegancia. Su voz de barítono discurre firme y saludable en todos los pasajes. La mezzo Encarnación Vázquez, sin el brillo aterciopelado en la voz a que nos tenía acostumbrados, dio vida, con su encanto personal y gran experiencia escénica, al joven Querubino, ese don Giovanni adolescente. La ahora mezzo María Luisa Tamez, llena de gracia, hizo de Marcellina un personaje protagónico. Increíble que Rufino Montero, con sus más de setenta años, cante como lo hizo para encarnar al anciano Bartolo. Como justo homenaje, las funciones de Fígaro estuvieron dedicadas a su trayectoria musical de más de cincuenta años. Excelentes los comprimarios: Marco Antonio Talavera, como el jardinero borrachín Antonio; la soprano ligera Yolanda Molina, quien, como Barbarina, tiene una corta y hermosa cavatina al comienzo del acto IV, y el tenor ligero Héctor Arizmendi como el intrigante maestro de música don Basilio y el juez don Curzio.

Nadie puede entender cómo un director concertador de la excelencia de Carlos García Ruiz no se haya presentado aún en Bellas Artes. Su maestría y musicalidad, su cuidado de la estructura a la vez que de los detalles, fueron ejemplares. Buen sonido el de la Orquesta de la Ópera de Morelos y del coro. Muy bien el clavecinista de los recitativos, Alejandro Vigo. Y la dirección escénica de Óscar Flores, sencilla, clara, graciosa, funcional, siempre al servicio de la música de Mozart, quien habría aplaudido esta puesta con todas sus ocurrencias.

Felicidades al Instituto de Cultura de Morelos y a la productora ejecutiva, Marivés Villalobos.

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