miércoles, 19 de diciembre de 2012

Miguel Salmon del Real y la Osidem. Una Novena histórica en Morelia


Los pasados días 14, 15 y 16 de diciembre acudimos al Teatro Ocampo, en Morelia, para escuchar la gala de fin de año con que la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem) despidió sus actividades del año. El programa elegido para tal efecto fue la Fantasía para piano, coro y orquesta en do menor Opus 80 y la Sinfonía # 9 en re menor Opus 125 de Ludwig van Beethoven. Los conciertos fueron dirigidos por su recién electo director artístico, el maestro Miguel Salmon del Real. Nuestras expectativas eran elevadas, pero nada como la realidad para que estas se vean sorprendidas y superadas con creces.
La Fantasía coral fue interpretada dos veces, sólo en el Teatro Ocampo, con Fernando Saint Martin en el piano, quien dio muestras de su proximidad hacia el jazz, especialmente en el concierto del 15, donde se sintió más libre y seguro ante la obra dando rienda suelta a un tono casi improvisatorio, característico de una fantasía, en el que se le vio y escuchó con total desenvoltura y libertad. Una interpretación inteligente y comprometida la de este joven pianista, al que se le puede augurar un promisorio futuro.
Pero fue, como era de esperarse, la Sinfonía coral la que deparó la mayor de las sorpresas, al darnos una idea de lo que la Osidem puede lograr cuando los músicos adquieren la dignidad instrumental, interpretativa y humana que ofrecieron los pasados tres días. Pocas veces se ve una orquesta tan convencida de lo que está haciendo, tan orgullosa y satisfecha al tiempo que entregada y comprometida con la música. Pero el ver, en este caso, es también escuchar, y lo que se escuchó en el Teatro Ocampo, pero en particular en la catedral de Morelia el domingo 16 no puede ser catalogado sino de maravilloso y espectacular, algo que nunca había yo presenciado en una serie de conciertos al hilo como en este caso.
Habrá que señalar, entonces, que el Teatro Ocampo carece de una concha sonora que permita proyectar con precisión el sonido de la orquesta, y se trata, al menos en su condición actual, de un espacio del todo inadecuado acústicamente para lo que la Osidem pretendía. El primer concierto fue notorio este problema, especialmente en lo relativo a la coordinación acústica del coro con la orquesta. No obstante ello, el resultado fue satisfactorio. La primera sorpresa vino al día siguiente, cuando orquesta, coro y director, entendiendo la acústica del recinto, lograron ofrecer una mejoría sonora de aproximadamente un 25 a 30 por ciento, en especial en la sección de metales, cuya ejecución el día previo había pasado un tanto inadvertida. Una mejoría tal entre dos conciertos suele ser algo inusual, e incluso, según la experiencia de los solistas, la segunda función de una serie como esta suele tener más fallas, lo que aquí no sucedió. La interpretación de la Osidem, del coro y de los solistas fue espléndida, en un crescendo que culminó en un recinto que no podía haberle dado tanta gloria y majestuosidad a una obra ya de por sí majestuosa, como lo fue la nave principal de la catedral de Morelia.
La lectura que hizo el maestro Miguel Salmon del Real de esta compleja obra fue notable por dos cuestiones. Primero, fue hecha de memoria, y sólo para el último movimiento la partitura apareció, más que nada, según el maestro Del Real, para acompañar realmente a los solistas y apoyarlos. Segundo, fue históricamente informada, es decir, interpretada de acuerdo a los criterios de la escuela historicista fundada a mediados del pasado siglo por Nikolaus Harnoncourt y Gustav Leonhardt. Ello significó retirar de la interpretación el vibrato, y permitir un sonido un tanto más seco, pero más apegado a la forma en que pudo haber sonado en su época, idealmente, la obra. Por lo mismo, los tempi elegidos por el maestro Del Real estuvieron más apegados a los posiblemente originales elegidos por Beethoven.
Y sólo como referencia a esta escuela interpretativa, sería necesario señalar que no sólo el ciclo sinfónico entero sino la Novena en particular han sido grabados por diversos especialistas y por orquestas que tocan con instrumentos de época. Hay por lo menos seis ciclos completos de grabaciones disponibles con orquestas de este tipo. De ellas se puede señalar lo siguiente: la versión de The Hanover Band, que fue la primera en grabar el ciclo entero, dirigida por Roy Goodman en 1988, dura 65 minutos; la de Christopher Hogwood al frente de The Academy of Ancient Music dura 63 minutos; la de John Eliot Gardiner al frente de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique dura casi 60 minutos; la de Jos van Immerseel al frente de Anima Eterna dura 64 minutos; tanto la de Philippe Herreweghe al frente de la Orchestre des Champs Elysées, la de Frans Brüggen al frente de la Orchestra of the 18th Century como la de Roger Norrington al frente de The London Classical Players duran 62 minutos; y sólo como referencia, la versión de 2008 de Claudio Abbado al frente de la Filarmónica de Berlín, dura igualmente 62 minutos. Las de Nikolaus Harnoncourt al frente de la Orquesta de Cámara Europea y Osmo Vänskä al frente de la Orquesta de Minnesota duran ambas 65 minutos, y estas tres son históricamente informadas.
De este panorama de grabaciones se puede deducir que las versiones dirigidas por Miguel Salmon del Real se hallan entre estos parámetros, pues duraron un promedio de 62 minutos. Estos parámetros son sólo una guía para el escucha, y no otra cosa, pero nos permiten ubicar en un rango específico lo escuchado en Morelia el pasado fin de semana.
La dinámica sonora y la articulación instrumental de las secciones tal como Beethoven concebía a su orquesta, la cual gira en torno a una sección central de Harmonie (alientos) con cuerdas (violas) rodeada de dos enormes secciones de cuerdas, violines a la izquierda y chelos y contrabajos a la derecha, lució como pocas veces en un concierto. La particularidad de esta construcción orquestal gira en torno a un momento extraordinario antes de la coda final del primer movimiento, que es, precisamente, el fugato de las maderas y alientos antes de que entre el tutti de la orquesta. Maestro de esa estructura discursiva, estructura maestra sobre la cual gira y ordena toda la concepción musical desde sus primeras sinfonías, requiere de una especial atención por parte del director, pues esta delicada estructura casi transparente es la que ordena y sobre la cual gira el resto de la galaxia sinfónica, es también la forma en que Beethoven delinea y contiene la forma sonata como eje central de su pensamiento musical, y Salmon del Real supo darnos una perspectiva auditiva precisa y adecuada de esa enorme complejidad arquitectónica que es el mundo sinfónico beethoveniano. Sin duda alguna, la Novena sinfonía es un universo de enorme complejidad no sólo por los detalles colorísticos de instrumentación ya señalados, sino también porque en ella se conjugan la maestría del sinfonista con las del diseñador de espacios íntimos de recogimiento (el citado fugato), pero sobre todo, el descubridor y creador del primer pasaje solista del timbal en el mundo sinfónico occidental, tal como se escucha en el segundo movimiento, donde el instrumento debe presentarse en la misma forma en que lo harán, más adelante, los solistas cantantes en el cuarto movimiento. Por eso, al inicio de este último movimiento vuelve a aparecer el tema del movimiento citado, como un recordatorio al escucha de que aquel pasaje solista reaparecerá de otra forma, con otros ingredientes y vestimentas.
El Teatro Ocampo fue testigo de dos noches memorables para la Orquesta Sinfónica de Michoacán, y allí está la enorme ovación que el público les otorgó al director y a sus músicos el sábado 15. Pero nada nos había preparado para lo que en la catedral de Morelia se escucharía. La amplia nave de la iglesia con sus arcos, columnas y salientes fue el espacio ideal para que una obra como la Novena sonara en toda su gloria y majestuosidad. La sensación de arrobamiento fue general, y la acústica del sitio no podría haber beneficiado de una forma más espectacular a una interpretación que puede considerarse como uno de los mayores triunfos del espíritu humano en el último cuarto de siglo en México. Recuerdo que al escuchar la magnífica acústica del templo ante una orquesta brillante y comprometida como pocas, un coro en estado de gracia y unos solistas llenos de inspiración, no pude evitar recordar que una sensación similar me invadió hace casi un cuarto de siglo, cuando escuché por vez primera las versiones de The Hanover Band del ciclo beethoveniano, y no es casual que llegara a mi memoria tal eco sonoro, pues dicho ciclo fue grabado en la Iglesia de Cristo, en Londres, y la acústica de ese ciclo sigue siendo insuperable en lo que a grabaciones se refiere.
La participación de los solistas Lorena Von Pastor (soprano), Carla López-Speziale (mezzosoprano), Leonardo Villeda (tenor), pero especialmente la del más que extraordinario barítono Guillermo Ruiz no podría haber sido más brillante, y pocas veces se ve un cuarteto tan distinguidamente armónico, en tal consonancia con la obra y el espíritu que de ella emana como esta ocasión. Su sincronización y temple vocal hicieron, en especial de la versión interpretada en catedral, un momento de verdadera inspiración musical y nobleza humana que hizo a todos sentir ese espíritu de regocijo de que habla el poema de Schiller y al que dieron vida y lustre de manera magistral.
No he hablado, a propósito, en términos ni especificidades de carácter técnicos pues, para fortuna de todos, el video del primero concierto, el 14 de diciembre, ya está disponible para descarga anónima desde el sitio de mayor confianza del mundo: The Pirate Bay, subido por mi cuenta, y en donde podrán admirar uno de los conciertos más extraordinarios que se hayan dado en nuestro país en mucho tiempo, tanto como un cuarto de siglo.
Aquí el link de descarga:

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