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miércoles, 1 de junio de 2011

Tosca en Bellas Artes, por José Noé Mercado


La honestidad de un crítico no está en el hecho de saberse mover como pez en el agua sino en entender las necesidades informativas que requieren los lectores, incluso si uno no está de acuerdo del todo con lo que éste tenga que expresar. Pero si la voz de este crítico es la de un respetado profesional cuya pluma no está en venta ni se presta a componendas, entonces el resultado tiene que ser a todas luces benéfico para los lectores. Hace unos días Crítica musical en México recibió (y seguramente continuará recibiéndolos) algunos comentarios en ese sentido, y probablemente se deban a un error de destinatario. Justamente en ese tenor de honestidad es en el que una voz como la del respetado periodista, crítico musical y narrador José Noé Mercado se encuentra, cuya proba trayectoria a lo largo de años de entrega al ejercicio de la crítica lo respaldan como una de las voces más autorizadas y respetadas del medio. Recientemente su probidad quedó de manifiesto una vez más, al escribir una reseña nada complaciente de la reciente puesta en escena de Tosca en Bellas Artes. En ella, nos enteramos del pobre desempeño del "bajo" Charles Oppenheim, quien por pura casualidad, por esos grandes azares del insondable destino resulta que es el director de la revista Pro-Opera y quien inexplicablemente no cantó como suele hacerlo en la bañera, o en el living-room, o donde sea que "ejecute" las arias que le corresponden y "ejercite" su voz. Ahora, José Noé Mercado se integra al equipo de Crítica musical en México con plenos derechos y con total respeto a su libertad de expresión y a su absoluto derecho a disentir. A partir de este momento, José Noé Mercado forma parte del Comité Editorial de nuestra revista, y su presencia en este espacio nos honra profundamente. ¡¡Bienvenido, maestro!!



Tosca en Bellas Artes
José Noé Mercado

Tosca, ópera en tres actos de Giacomo Puccini (1858-1924), con libreto en italiano de Giuseppe Giacosa (1847-1906) y Luigi Illica (1857-1919), basado del drama de Victorien Sardou (1831-1908).

Estreno: Roma, Teatro Costanzi, 14 de enero, 1900
Estreno en México: Teatro Arbeu, 27 de julio, 1901
Estreno en el Palacio de Bellas Artes, 22 de marzo, 1935
Última representación en el Palacio de Bellas Artes, 6 de marzo, 2008

Director concertador: Niksa Bareza
Director de escena: Raúl Falcó
Diseño de escenografía: Ricardo Legorreta
Director huésped del coro: Xavier Ribes
Diseño de iluminación: César Guerra
Director de la Schola Cantorum: Alfredo Mendoza

Tosca: Bertha Granados/Eugenia Garza
Cavaradossi: Diego Torre/ José Luis Duval
Scarpia: Juan Orozco/Genaro Sulvarán
Angelotti: Ricardo López
El sacristán: Charles Oppenheim/Arturo López Castillo
Spoletta: Víctor Campos
Sciarrone-Carcelero: Óscar Velázquez
Un pastor: Solista de la Schola Cantorum de México

Coro y Orquesta del Teatro de Bellas Artes
Schola Cantorum de México
Teatro del Palacio de Bellas Artes

Saber que Wolfgang Amadeus Mozart y Giacomo Puccini son los compositores operísticos que más se programan en el mundo, según estadísticas de Operabase, puede suponer el equívoco de que no hay nada más sencillo y exitoso que presentar obras de sus respectivos catálogos. Puesto que el arrastre que generan dichos títulos en un público casi siempre conservador no exenta la necesaria capacidad para llevar a la escena una reinterpretación fresca, propositiva y que aporte como versión al ser reproducida.

Ejemplo de ello es la Tosca de Puccini con la que la Compañía Nacional de Ópera (CNO) continúa su temporada 2011, pues no sólo la falta de una programación imaginativa y que guste del riesgo de la propuesta innovadora es evidente, sino también el escaso talento para cocinar un refrito.

Con funciones los días 15, 17, 19, 22, 24 y 26 de mayo en el Teatro del Palacio de Bellas Artes y alternando dos elencos, la CNO recurrió de nuevo a la producción de Tosca concebida por el Festival de San Luis Potosí en 2007, repuesta ya en Bellas Artes en 2008. Esta vez, sin embargo, el esplendor original ciertamente sobrevalorado en su momento de este montaje que cuenta con escenografía de Ricardo Legorreta, fue ensombrecido por modificaciones innecesarias y fallidas.

En el estreno, la función fue condenada por dos factores principales. Primero, por la dirección escénica de Raúl Falcó, plagada de movimientos clichés, incapaz de configurar una lectura rica o consecuente de los personajes, caricaturizándolos incluso, como en el caso del Barón Scarpia, malo, malísimo desde que sale a escena, conectándole combos a Cavaradossi, practicándoles el bullying a sus esbirros o interrumpiendo el clímax del “Vissi d’arte” al volver de colocarse una suerte de bata o negligé. Lo bueno para Falcó es que si como ex director de la CNO es tristemente célebre, ahora como regista difícilmente alguien se acordará de él.

Descontando la iluminación ordinaria y brusca de César Guerra, el segundo aspecto que condicionó esta Tosca fue la apresurada lectura musical del croata Niksa Bareza, ya que dificultó las respiraciones canoras de los solistas, indispensables para la construcción dramática del fraseo y de los mismos personajes y su estado emocional. Su ejecución plana y sin matices al frente del Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes tuvo menos puntuación que la de un adolescente en Twitter y se quedó a años luz de recrear las sensuales atmósferas puccinianas llevadas al paroxismo por directores como Victor de Sabata, en cuya imagen sonora puede incluso respirarse el exquisito y embriagante perfume de Floria Tosca.

El rol protagónico fue encarnado por la soprano Bertha Granados, con un instrumento de gran peso dramático, pero de una frialdad histriónica que no transmitió la carga de sentimientos que debería ir desplegando su personaje. Por su parte, en la función de estreno del segundo elenco, mucho más solvente y apasionada se mostró en este rol Eugenia Garza, quien exhibió un dominio pleno de sus recursos vocales y aderezó de un temperamento adecuadamente divo a Tosca. Este tipo de papeles le sienta muy bien a su voz y a su misma personalidad.

El Cavaradossi del tenor Diego Torre contó con una voz oscura, potente, aunque proyectada más a semejanza de un rayo láser y no como una luz expansiva que bañara al público. Su fraseo no es particularmente refinado ni hábil para convencer de las transiciones anímicas de su personaje, pero aún así es preferible en ese aspecto a su alternante José Luis Duval, ya que si bien suele tener reconocimiento de seguridad en el rubro vocal, lo que nadie pone en tela de juicio, poco más aporta a una interpretación gélida e histriónicamente exangüe que canta indistintamente su amor por Tosca que su odio por Scarpia.

El barítono Juan Orozco interpretó a Scarpia sin buscar contrastes en su poderosa voz. Emite siempre a todo volumen, lo que le lleva a perder afinación y color: a construir un canto monótono, estridente y sin gusto. Muy distinto fue el desempeño de Genaro Sulvarán, cuyo instrumento es usado con mayor control, de la misma manera en que busca mayor intención expresiva en su parado escénico.

El bajo Charles Oppenheim, quien en 2006 fuera criticado por no tener suficiente carrera o estudios musicales como para debutar en este recinto, para sorpresa de muchos regresó esta vez convertido en uno de los cantantes más activos de México para interpretar el personaje del Sacristán. En buena parte del primer acto fue inaudible y sólo hacia el final logró rebotar la voz en la escenografía. Ahora se le escucha más seguro respecto de aquel 2006, aunque su voz sigue presentando pobreza de brillo sobre todo en su registro alto. Su desempeño actoral es resuelto, pero empañado por manierismos y bufonerías fetiches que le imprime a todo personaje que interpreta, y que no presentó en su turno Arturo López Castillo, quien sufrió iguales problemas para hacerse escuchar.

Es rescatable la oportunidad de que cantantes jóvenes como los barítonos Óscar Velázquez, Roberto Aznar y Ricardo López o el tenor Víctor Campos puedan subir a escena para acumular experiencia a través de partiquinos. No obstante, el resultado integral de esta Tosca es sin duda superlativo: por sus fallas de hilvanado, sobre todo con la cúpula omnipresente ya en total descuadre en el tercer acto y la general carencia de refinamiento interpretativo, por su nula propuesta y lo pegoteada de la producción, simplemente fue tosquísima.

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