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jueves, 7 de abril de 2011

Enrique Jaso: Maestro de ópera y de vida, por Manuel Yrízar

Crítica musical en México reproduce el texto completo que escribió nuestro colaborador, amigo y miembro del comité editorial, Manuel Yrízar Rojas, mismo que acompañará el programa de mano del homenaje que se le hará a Enrique Jaso estos próximos 10 y 12 de abril en el Palacio de Bellas Artes.

Enrique Jaso: Maestro de ópera y de vida
Manuel Yrízar Rojas

"No es que yo sea maravilloso, m'hijita, no. Como todo, es cosa de suerte: Dios me socorrió con tener muy buenos alumnos."A veces me arrepiento de lo que enseñé en algún tiempo. Digo: '¡Quién me hizo caso de esta estupidez! Aguantó porque tenía facultades. Yo me sigo criticando y corrigiendo. Uno tiene que enseñar al alumno a que ame esto, después ellos, por convencimiento, van a seguir. Todos mis alumnos han amado la ópera" (Enrique Jaso, entrevista de María Eugenia Sevilla en Reforma).

Llegamos a la casa del maestro Enrique Jaso en la avenida Azcapotzalco cerca de las 12 de la noche del día 8 de febrero de 2011. En la sala donde daba sus clases lo espera un espacio vacío como la nada. Muchos de sus alumnos esperan el cuerpo de quien fue su maestro. Algunos no pueden contener el llanto y sus sollozos llenan el hueco de la ausencia momentáneamente. Los rostros de los presentes manifiestan pena y dolor. Tristeza. Abandono. Orfandad. Acaba de morir, después de una larga batalla contra la parca, en el hospital de Tacuba del ISSSTE el músico, el cantante, el psicólogo, el amigo, el padre, EL MAESTRO, el padre de sus hijitos, Enrique Jaso Mendoza. Cerca de las 8 de la noche entregó su alma y regresó, como él mismo quería, a la Casa del Padre. Un maestro es quien enciende un fuego, me dice mi mujer que me acompaña como siempre. No puedo aguantar el sentimiento de esperarlo. Le pido que nos retiremos. Ya nunca más latirá ese corazón generoso.

"Uno quisiera que nunca se acabara la vida, pero la vida se tiene que acabar. Quisiera por lo menos dejar algo, aunque no se me recuerde, porque para mí no es tan importante que lo recuerden a uno como lo que haya aportado." (Ïdem)

Hasta la mañana del día siguiente regresamos a la casa donde es velado. Todo permanece como él lo dejó. El piano donde se sentaba a darnos clase. Su sillón. Sobre el viejo instrumento de trabajo algunas de las medallas y condecoraciones que recibió en vida. Imágenes religiosas que siempre estuvieron en esa sala: el Sagrado Corazón de Jesús, Santa Cecilia, se unen con las muy grandes de Giuseppe Di Stefano, tenor que tanto admiraba, la de su madre, la soprano Mercedes Mendoza, y una foto suya vestido como el Emperador Altoum, tomada cuando cantó esta ópera de Puccini, Turandot, en el teatro del Palacio de Bellas Artes. Todavía lo saludamos ese día cuando fue a escuchar a sus alumnos Francisco Araiza y Mónica Chávez en la reapertura con el Fidelio de Beethoven. En silla de ruedas asistió a lanzarles claveles rojos al concluir la función. Ahora permanece dormido para siempre en una caja de madera.

Pero al llegar al ranchito donde nací pues qué médicos y qué nada. Entonces, la bruja del pueblo me trajo al mundo y venía al revés: de pies para delante. Me decía mi mamá: “Cuando naciste parecías viuda negra. La cabeza como de piloncillo, larga así y peluda, peluda. Estabas bien feo. Decía yo: ‘Ay Diosito santo, pero por qué me diste este hijo tan horrible’ es mi hijito pero está muy gachito”. Y ya nací en forma folklórica con yerbas y con todo. Los de un jacalito se salieron para que pudiera tener allí a su hijo mi mamá. A mi papá lo mandaron en una carreta al pueblo a traer algodón, todas las cosas…." (Entrevista a Caridad Acosta, inédita, solicitada por Escenología A.C.).

Hijo de la cantante de ópera Mercedes Mendoza y del pianista clásico Enrique Jaso, el futuro “hacedor de voces” nació en San Jerónimo, Ixtepec, Oaxaca, según queda registrado oficialmente por él mismo, un 4 de diciembre de 1928. Algunos de sus alumnos más viejos me han dicho que tenía algunos más, pues las cuentas no les salían. Yo mismo se lo pregunté después de la misa de su cumpleaños “82” y él sólo me contestó, como lo hacía cuando quería dejar las cosas en el misterio: “¡Déjalo así, hijito!” Pero personajes que ya son eternos no tienen hoy tiempo, espacio ni menos edad. Lo único cierto es que su larga y longeva vida estuvo siempre llena de luz, bondad, cariño, esperanza, y una entrega absoluta a su vocación de maestro. Ahora que ya no podré hablarle por teléfono para que lo primero que me conteste sea: “¡Cómo está tu mujercita, salúdamela mucho!”, mis recuerdos se remontan al año de 1966, como me lo dijo Paco Araiza con toda seguridad, cuando le pregunté la fecha en que habíamos empezado a tomar clases con él. Éramos todavía jóvenes adolescentes cuando el destino nos colocó frente a este hombre que cambiaría nuestras vidas y nos enseñaría muchos de los secretos que él atesoraba y donaba con extrema bondad.

–Creo que yo he de haber nacido con un complejo de Edipo. Creo que todos los hombres tenemos el complejo de Edipo, unos más desarrollado que otros; unos ya no salen de allí y se vuelven jotitos, otros tenemos la oportunidad de salir aunque seas así… Admiré mucho a mi mamá, pero a mí nada me impactó tanto en la vida como cuando cantaba Gioconda; en el último acto, cuando va a envenenarse. Esa escena me impactaba mucho porque mi mamá era muy rudimentaria a veces en sus pensamientos; en su manera de obrar había ciertas cosas rudimentarias. Por ejemplo, me acuerdo que ponía y hacía esfuerzo con las manos y con todo y como que las mejillas se le bajaban, palidecía e iba al escenario; en el momento cuando empezaban los contrabajos y los cellos y que ella dice: “Suicidio…” se le veían los ojos muy raros. Yo tenía una sillita de esas que tienen una lonita –como las tumbonas y en esa me ponían a un lado del escenario para estar oyendo a mi mamá. Siempre estaba allí oyéndola y eso me impresionó. Esa fue la primera vez que comprendí lo que es el teatro. Nunca me imaginé –como niño– qué cosa era el teatro… He de haber tenido como unos 4 años… Me acuerdo así como un sueño o que me lo contaron y que yo ya lo hago sueño. (Ídem)


Ya tendremos oportunidad tal vez de abordar en la vida y leyenda del maestro Jaso. Aquí en esta nota solo quisiéramos apuntar algunos rasgos fundamentales del personaje que hoy homenajeamos que nos permitan acercarnos aunque sea de manera muy parcial y preliminar pues los acontecimientos tan recientes de su partida nos impiden todavía liberarnos del sentimiento que nos ha dejado el no poder ya contar con su cálida presencia. Enrique Jaso reunía en una sola persona a tantos personajes que resulta no difícil sino imposible pretender abarcarlos a todos. Artista singular, hijo de mamá famosa y extraordinaria, niño cantor, estudiante de canto en Europa, cantante, corista, actor, psicólogo, maestro de técnica vocal, escenógrafo, vestuarista, costurero, peluquero y constructor de pelucas, mimo, clown, imitador, “milusos”, que podía cantar todas las voces y todas las cuerdas masculinas y femeninas, bromista, humorista, crítico, regañón, enojón, encantador, moderno y antiguo, sencilla y complicadamente singular. Pero sobre todo, y muchos podrán corroborarlo, el ser humano más bondoso que haya existido.

“Desde niño amé la música, desde niño quise ser músico, tuve la oportunidad maravillosa, de unos poquitos años, de pertenecer –gracias a Clemens Krauss– a los Niños Cantores de Viena. Allí empezó ya mi contacto, se puede decir, musical. Ya amaba el canto, amaba ya la música, amaba el teatro.” (Idem, material inédito proporcionado por Escenología A.C. para la elaboración de esta nota)

Indiscutiblemente el ser más importante y que más influencia tuvo en Enrique Jaso fue su mamá. La vida de esta mujer merecería ser objeto de una novela o una serie de televisión, pero es verdadera. El propio maestro la relata con lujo de detalles con una elocuencia donde podemos oír su voz en la voz de su hijo. Mercedes Mendoza, durangueña, nació en 1897 y murió en 1972. Poseedora de una voz superdotada que superaba las notas del piano en su registro agudo, fue descubierta por el maestro José Pierson, el más importante de su tiempo, haciéndola debutar en el año de 1916 en el Teatro Arbeu de la ciudad de México, enloqueciendo al público. La critica manifestó que “esa estrella de la ópera venía a crear un nuevo arquetipo de extensión de la voz humana en el arte lírico” (Revista de Revistas, 3 de septiembre de 1916, firmada por Roberto El diablo. Citado en Edgar Ceballos, La Ópera 1901-1925). A su madre acompañaría el niño Enrique Jaso en su triunfal carrera por Europa. Allí formó parte de la famosa agrupación coral de “Los Niños Cantores de Viena” hasta que la guerra mundial cortó esa aventura infantil.


Fíjate que cuando me llamaron a Los Niños Cantores de Viena, sentí una cosa así como que me cayó mucha agua fría; a mi mamá se le salieron las lágrimas, me dice: “Mira, hijito, si vales en la vida, vales por ti mismo no creas que porque tu madre y tu padre son lo que son. Tú eres lo que eres. Cada quien es lo que es y tú eres lo que quieras ser”… Dijo: “¿Te gusta? Síguele”. Cuando ya pasaron los años y cuando ya estábamos aquí en México, terminó la preparatoria, y otra vez la misma: “¿De veras te gusta la música? ¿Estás dispuesto a la intriga, a la calumnia, a la pobreza, a esto, a lo otro? ¿Estás dispuesto a pasar por todo eso?” “Pues, a mí me gusta. Sí.” “Cuando tome uno la carrera debe tomarla uno porque es parte de su vida”, dice. “Porque aunque te estés muriendo de hambre serás feliz… porque amas lo que escogiste”. (Ídem)


Y a la música se iba a entregar durante toda su fructífera vida. Luego de estudios en Europa donde cuenta que llegó a ser hospitalizado por anemia provocada por no comer por falta de los recursos económicos que le tardaban en llegar, Enrique Jaso regresa a México. Su interés por el canto lo llevó a estudiar diversas disciplinas que lo enriquecerían y ayudarían en su futura carrera de maestro, entre ellas la psicología, que por consejo materno le serviría para conocer mejor a sus alumnos. También estudió actuación con notables y ya míticos maestros como Seki Sano, Fernando Wagner, llegando a formar parte de la Compañía Teatro Clásico de México que dirigía Álvaro Custodio, español refugiado. Actuó en La Celestina, en 1956. La Oficina de Espectáculos del DF clausuró la obra por considerarla pornográfica y citó a comparecer al autor de la misma para que respondiera. Jaso fue siempre un actor nato y en sus clases dirigía escénicamente a sus alumnos insistiendo siempre en este punto. Era divertidísimo y gracioso verlo imitar a colegas y maestros.

–Maestro, usted estudiaba el piano siendo que su padre, Enrique Jaso fue un notable pianista…
–Fíjate qué cosa tan chistosa, que yo no estudiaba el piano. No me llamaba la atención. A mí me llamaba la atención el canto. Tuve que estudiar piano porque si no, no te puedes recibir de nada, pero realmente lo que a mí me fascinaba era el mundo del canto. Siempre fue eso. (Ídem)

Una de las virtudes que siempre ejerció notablemente el maestro fue su enorme generosidad para con sus alumnos. A todos ayudaba en cuanto podía. A muchos hasta económicamente. Consiguiendo trabajo, comida, medicinas, atención. Todo lo que pudiera beneficiarlo. Era capaz de quitarse la camisa y dársela a quien el pensaba tenía frío o necesidad.

Me decía siempre mi mamá: qué tal que te toque ser maestro y si no comprendes espiritualmente a tus alumnos estás perdido. Tú tienes que comprender a tus alumnos y por eso tienes que estudiar psicología, tienes que saber si aquél tiene qué comer, si aquél tiene necesidad de esto y tú descubrirlo, sin que él te lo diga, y ayudarlo. Ayúdalo más porque ya nació con la voz, ya nació con eso, ahora ayúdalo a que él sea firme y seguro de sí mismo. (Ídem)

Además de su madre y del maestro José Pierson, maestro que la descubrió (quien tuvo alumnos tan famosos como a los cantantes Jorge Negrete y Pedro Vargas), a quien vio trabajar con ella aprendiendo todos los secretos de la técnica vocal belcantista clásica italiana, también fue alumno de los notables cantantes y maestros Ángel R. Esquivel y David Silva. Su formación en este sentido, unido a un instinto natural para descubrir y formar “voces” importantes, lo convirtieron en una leyenda.

En 1958 obtuvo por oposición la cátedra de canto en la Escuela Nacional de Música de la UNAM y de igual modo en 1973 en el Conservatorio Nacional de Música del INBA. En dichas instituciones ha fundado talleres de ópera que han tenido gran actividad desde 1960, abarcado gran variedad de repertorio como lied, oratorio, ópera, zarzuela, opereta y música mexicana, entre otros. En 1994 recibió el reconocimiento de la Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música. Por parte de la UNAM, recibió las medallas de reconocimiento al 'Mérito Universitario' por 25, 30, 35, 40 y 45 años de servicio en la ENM.

En 2005 recibió en el Palacio de Bellas Artes el 'Premio a la Excelencia Académica' que otorga el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en reconocimiento a su destacada trayectoria dentro del arte de la lírica mexicana en la formación de cantantes.

En febrero de este año recibió en Xalapa, Veracruz, la Medalla Mozart, que otorga la embajada de Austria en México, por su mérito y trayectoria. (Miguel Hernández Bautista en nota de El Informador, Guadalajara, Jalisco, 14 de marzo de 2011)


Cuando se anunció la muerte del maestro Enrique Jaso, el más querido de los maestros del medio operático nacional, la conmoción fue general. Recibió sentidos homenajes de cuerpo presente en su casa y en las instituciones educativas donde llevó a cabo su labor de excelencia pedagógica: la ESM de la UNAM y el Conservatorio Nacional del INBA. Cuando sus restos recibieron sepultura una enorme cantidad de claveles rojos volaron sobre su féretro arrojadas por todos sus alumnos, su único hermano, Humberto 12 años menor que el maestro, amigos y gente que lo admiró y quiso por su enorme valor de ser humano íntegro y generoso. Allí descansa ya el incansable luchador del arte lírico a quien hoy rendimos merecida pleitesía.

Ciudad de México, marzo de 2011.

3 comentarios:

  1. GRACIAS MIL POR RECORDARNOS TAN AMOROSAMENTE A UN SER QUE JAMAS OLVIDARE, MI ADORADO MAESTRO...TEPOZ,NOS VEREMOS Y CANTAREMOS RECORDANDOLO A EL!

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  2. Su grandeza inobjetable como profesor de canto queda en la inexistencia cuando de su Don de Gente hablamos, ¡así de virtuoso, así de humanamente maravilloso!

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  3. Mi querido e inolvidable maestro de canto y de vida.

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